Es la cantidad de carbono almacenado en la fracción orgánica del suelo, medida como stock en los primeros 30 centímetros y expresada en toneladas por hectárea.
Importa porque la materia orgánica es el motor de casi todo lo bueno del suelo: retiene agua y nutrientes, sostiene la estructura, alimenta la vida microbiana y hace que el suelo aguante el laboreo sin degradarse. Un suelo con buen carbono perdona errores de manejo; uno pobre, no.
La mediana del país es 5,2 t C/ha. Valores por encima suelen corresponder a la pampa húmeda y a suelos que estuvieron mucho tiempo bajo pastura; los bajos, a suelos arenosos, a zonas áridas o a lotes con muchos años de agricultura continua sin reposición.